- Disculpe ¿Usted es uno de los artistas?
- Mucho gusto, mi nombre es Camilo; Camilo Albarenga Etchegorry. Sí, soy uno de ellos. Como verá es una colección exquisita no lo digo por mis obras por supuesto -rió como idiota- espero que todas irradien el esplendor de la especie la majestuosidad de esta raza superior de insectos toda la belleza de sus cuerpos sus ojos sus patas sus antenas toda su belleza...- Me miraba con los ojos salidos hacia afuera y una sonrisa apenas insinuada. Dí media vuelta y salí a tomar aire. Luego volví a entrar.
Conversé con una dama, una señorita, también de la Asociación. Decidí cortejarla, para no perder el tiempo después, de todos modos iba a hacerlo, tarde o temprano. Decidimos salir apenas el sol estaba entrando. Esta imagen, ya que nos dirigimos hacia el oeste varias cuadras, me sirvió de pretexto para profundizar en el romanticismo superfluo que venía practicando toda la tarde, y que a esta altura era ya una gimnasia. La noche podría haber terminado tarde y horizontal, pero decidí que no sería la última, por lo que no pasó de la cena. Igual había hablado bastante sobre lo único que me interesaba en ese momento –juro que era lo único- al extremo de haber estado varias veces a punto de decirle cucaracha, en lugar de su nombre. Si bien no había logrado obtener datos sobre lo que luego resultó medular, supe que era bióloga y que trabajaba en el Centro de Investigaciones de la Asociación, en el cual se estudiaba al insecto desde varias disciplinas; además me confesó que la mayor parte de los estudios que se hacían en los laboratorios del Centro no eran publicados, que tenían alto valor para la organización y que eran secretos, ella realizaba gran parte de los mismos. Todo esto me lo decía con la carita un poco acostada sobre un hombro y la voz melosa, como si la lengua le pesara. No entendía con qué objeto me contaba algo tan supuestamente confidencial, sin contarme nada a la vez. Le pregunté, a qué tipo de estudios se refería, que me dé un ejemplo; murmuró un par de veces sin decirme nada. O sea, me decía que había algo que era secreto, pero no me decía cuál era el secreto. Pensé que me podría estar mintiendo, y que lo haría para impresionarme (poco me impresionaba a mi una mujer manoseando cucarachas). También pensé que si verdaderamente existían tales investigaciones secretas, con qué criterio lo aventaría a cualquier extraño (por más buen mozo que sea). La hipótesis de la mentira se hacía más contundente, por lo que decidí tomarlo con pinzas.
A su vez me habló de unos amigos suyos, también del Grupo, Facundo e Ignacio, me contó anécdotas absurdas que poco me importaban y me dijo que eran ajedrecistas. No sé por qué pero me detuve en eso, ella me dijo que iban siempre a un Club a jugar, que eran muy buenos. Eso fue lo más jugoso de la conversación sobre Facundo, Ignacio y el ajedrez, la cual duró más de una hora, el resto fue más aburrido que el ajedrez mismo. Yo le dije que “amaba” ese juego y que desde que me había mudado a la ciudad no había vuelto a jugarlo, por lo que me interesaba el dato. Se lo agradecí. Siempre este tipo de gente juega al ajedrez, nunca bien, pero juegan, o simulan jugar. Entiendo que es por el estatus que otorga.

